Sábado, 31 de octubre, año 2009 de Nuestro Salvador Jesucristo,
Guayaquil, Ecuador – Iberoamérica
(Cartas del cielo son escritas por Iván Valarezo)
LA TIENDA DE REUNIÓN FUERA DEL CAMPAMENTO ISRAELÍ ES SIEMPRE
JESUCRISTO:
Fuera del campamento de los hebreos, Moisés levantó una tienda muy
especial para nuestro Padre celestial y para todo el pueblo de Israel,
de acuerdo a la palabra del SEÑOR, en la cual nuestro Señor Jesucristo
descendería progresivamente de la nube celestial, la Shekinah, para
hablar con él cara a cara. A esta tienda, Moisés la llamó: “Tienda de
reunión o tabernáculo o Jesucristo, (el Gran Rey Mesías)”, por
ejemplo, para hablar con nuestro Padre celestial sobre todos sus
asuntos personales y de los del pueblo entero también.
Por ello, ésta gran tienda literalmente «era el cuerpo santísimo de
nuestro Señor Jesucristo» quien podía hablar no solamente con Moisés
cara a cara, desde el lugar santísimo del cielo, sino que también
podía, a la vez, hablar con nuestro Padre celestial, ya sea para
interceder sobre algún asunto personal, de personas, familias, tribus
o para emergencia nacional. Cada vez que Moisés necesitaba hablar con
nuestro Padre celestial, entonces desde la nube celestial descendía
nuestro Señor Jesucristo, como el Hijo de Dios, como el Cordero
salvador, como el sumo sacerdote, para hablar con Moisés y con nuestro
Padre celestial que está en los cielos, concerniente a cualquier
asunto emergente.
Y siempre sólo nuestro Padre celestial tenia la ultima palabra de todo
lo que se decía o trataba entre él, Moisés o el pueblo en general, y
nada de lo que nuestro Padre celestial ordenaba se descuidaba jamás,
sino que era llevado acabo palabra por palabra hasta que sea hacía su
perfecta voluntad: remediando así los problemas, conflictos nacionales
o extranjeros. Es decir, también que nuestro Padre celestial hablaba
con Moisés, y sólo por medio de su Hijo Jesucristo, como siempre lo
intentó hacer en el paraíso con Adán y Eva, para tener una relación
cerrada con el hombre y muy especial a la vez, aun mucho mayor que la
que tiene con los ángeles a través de los tiempos, por ejemplo.
Y, además, cuando esto sucedía, la gloria de nuestro Padre celestial
se veía claramente no sólo sobre todo el campamento israelí, sino
también en todas las naciones de la tierra, porque la gloria de
nuestro Padre celestial y de su Hijo Jesucristo brillaba más brillante
que el sol en su pleno día, delante de todas las gentes de la tierra.
La gloria de nuestro Señor Jesucristo era tan visible sobre todo el
campamento israelí y las demás naciones alrededor de ella, que las
gentes paraban de hacer lo que estaban haciendo por más importante que
fuere, en aquellos momentos, para comenzar a disfrutar de su presencia
santísima y sumamente enriquecedora a sus corazones y a su espíritu
humano, sin duda alguna.
En verdad, estos eran momentos gloriosos de nuestro Señor Jesucristo
que se manifestaba y, a la vez, se regaba sobre todos los hogares de
los hebreos, para que las naciones vieran que nuestro Padre celestial
estaba con ellos, para bendecirlos y sobretodo protegerlos a cada hora
del mal terrible del enemigo. Es decir, que la única protección segura
que nuestro Padre celestial le había dado a los hebreos, además del
liderazgo valiente de Moisés, por ejemplo, era su Hijo amado, como su
sumo sacerdote y el Cordero de la sangre santísima del arca del pacto
eterno entre él, Abram y sus descendientes, por sus millares, en todas
las naciones de la tierra.
Es decir, también que sin la presencia santísima de nuestro Señor
Jesucristo, ya sea sobre todo lo alto del Sinaí o en la tienda de
reunión, entonces Israel estaba totalmente desprotegido, por tanto,
vulnerable a cada uno de los ataques de mentiras, maldades,
enfermedades, guerras, epidemias y muertes terribles de Satanás y del
ángel de la muerte. Porque lo único que protegió y, además, bendijo
grandemente la vida de Abram y de sus hijos e hijas para generaciones
futuras, aún cuándo Sara era estéril y sin hijos, fue el pacto
santísimo de la cena del SEÑOR entre él y Dios: Y esto es de comer y
de beber sin parar de su Hijo amado, ¡el Hijo de David!
Por ello, por la presencia de nuestro Señor Jesucristo en el lugar
santísimo del tabernáculo, entonces las naciones temían a Israel
grandemente, porque sabían perfectamente que nuestro Padre celestial
no solamente estaba con ellos, sino que también él estaba dispuesto a
hacer cualquier cosa por ellos, es decir, si alguien se atrevía a
hacerles algún mal entonces frenarlos en seco. Porque era la sangre
bendita y reparadora del Cordero de Dios, nuestro Señor Jesucristo,
quien pelea por ellos por donde sea que fueren por el desierto camino
a Canaán para no solamente cumplir con la voluntad perfecta de su
Fundador, sino también para servirle y adorarle cada día y para
siempre con su misma sangre escogida y bendita, bendita por él mismo.
Verdaderamente, con nuestro Señor Jesucristo viviendo entre las tribus
de Israel, en el tabernáculo, la gloria de nuestro Padre celestial se
manifestaba grandemente cada día, la cual hacia milagros y maravillas
no solamente delante de los hebreos sino también de las naciones,
predicándoles así el evangelio reconciliador, para que se arrepientan
de sus pecados y sigan a su Rey Jesucristo perpetuamente. Porque
nuestro Padre celestial no solamente deseaba la bendición de Israel y
con todos los privilegios celestiales y terrenales de la salvación de
sus almas eternas, sino que también deseaba lo mismo de las naciones
del mundo entero, por medio de los rituales de la tienda de reunión,
¡nuestro Rey Jesucristo y su sangre salvadora sobre su altar santísimo
entre los querubines!
Porque los querubines de oro sobre el arca del pacto de nuestro Padre
celestial y de Israel, en sí, contemplan atónitos eternamente el
misterio celestial de la sangre santísima y sumamente gloriosa y
todopoderosa de su Hijo Jesucristo, derramada sobre ella y sobre todo
Israel; eso es, los ángeles mirando asombrados la sangre del Cordero
de Dios, derramándose sobre el hombre. Esto es la gloria de los
querubines de Dios en los cielos y la misma gloria de cada hombre,
mujer, niño y niña no solamente de las doce tribus de Israel sino
también para cada nación de toda la tierra, para que cubran sus
pecados para siempre y así se salven cada día e infinitamente del
castigo eterno del infierno.
Ésta es la gloria mayor de los ángeles y de nuestro Padre celestial en
toda la vida santísima del reino de los cielos y así también para todo
Israel de siempre, para que las naciones reciban igual bendición,
creyendo en sus corazones y confesando la sangre viva de Jesucristo,
como los ángeles lo han hecho en el cielo, en todo tiempo. Porque sí a
los querubines les fuera permitido hablar de lo que están viendo
sobrecogidos sobre el arca del pacto de nuestro Padre celestial para
con Israel y las multitudes de naciones de toda la tierra, entonces
gritarían a voz en cuello, diciendo: Vemos la sangre reparadora del
Hijo de Dios, el Cordero Santo, el sumo sacerdote de nuestro Padre
celestial.
Y esto era precisamente los que los querubines de oro maravillados ven
constantemente sobre el arca del pacto eterno de Dios: la sangre
santísima de su Hijo amado, para limpiar de todo pecado a cada hebreo,
a cada hebrea y así también a cada gentil, hombre, mujer, niño y niña
de todas las familias de las naciones del mundo entero. Y esto era
algo muy importante para la vida de todo Israel y de las familias de
toda la tierra, lo cual lo sabían perfectamente todos los levitas,
encargados del mantenimiento de la tienda de reunión, que era la
sangre santísima de su Rey Mesías derramada sobre el arca del pacto
eterno para perdón y bendición eterna de todos.
Por lo tanto, la importancia constante de cada hora del derramamiento
de la sangre del cordero, sobre el arca del pacto eterno y sus
querubines de oro no era nada extraño para el Israel emergente, sino
que lo llevaban acabo ritualmente conociendo siempre que era el Rey
Jesucristo entre ellos, que los liberaba del poder terrible del pecado
y de Satanás. Por todo ello, sin la presencia santísima de nuestro
Señor Jesucristo, dentro del lugar santísimo de la tienda de reunión,
entonces Moisés no podía jamás hablar con nuestro Padre celestial
sobre ninguno de sus asuntos personales o del pueblo en general, por
ejemplo, porque era la presencia constante de la sangre del Rey
Jesucristo que lo permitía todo siempre.
Además, ésta presencia santísima de nuestro Señor Jesucristo, en las
afueras del campamento israelí, en sí, era el símbolo vivo de lo que
él haría cada día y posteriormente por Israel, como el Hijo de David,
como el Cordero salvador y sumo sacerdote de la sangre santísima y
reparadora de su propio cuerpo vivo, para quitar el pecado del mundo
entero perpetuamente. Y fue así como nuestro Padre celestial empezó a
interactuar con todo Israel, por medio de su Hijo Jesucristo y con
Moisés en el lugar santísimo del tabernáculo, para hablar siempre en
pro del hombre, la mujer, el niño y la niña, por medio de su Hijo
Jesucristo, y redimirlos así de sus problemas, preocupaciones,
enfermedades y enemigos.
Y sin la presencia constante de la sangre bendita del Rey Jesucristo,
la cual los querubines de oro pasmados miran sin cesar jamás en el
cielo y en la tierra, no estuviese debidamente en su lugar propio del
arca del pacto eterno entre Abraham, Isaac y Jacobo, entonces Moisés
no podía hacer nada de nada ni menos ministrar para Israel. Pero
nuestro Padre celestial fue tan fiel al pacto entre él, Abraham, Isaac
y Jacobo, tan fiel como los mismos querubines de oro mirando
maravillados constantemente sobre la sangre del Rey Jesucristo en el
arca del pacto, que la protección y sus bendiciones sin fin jamás les
falto a todos ellos, ni por un momento.
Porque fue ésta la primera carne con su sangre viva y santa del Rey
Jesucristo que comió y bebió Abram en el principio de las cosas
hebreas junto con sus hombres de guerra, delante de nuestro Padre
celestial y sobre su mesa de la cena del pacto eterno, en las afueras
de Salem, para empezar la vida de Israel. Mejor dicho, fue la misma
sangre santísima de nuestro Señor Jesucristo lo que bebió y comió
Abram para empezar una relación santa y justa con su Dios y Fundador
de su vida en la tierra y en el cielo para siempre, ¡nuestro Padre
celestial!
Sí, eso es lo que los querubines de oro ven sorprendidos
constantemente dentro del arca del pacto eterno: el pan del cielo que
Abram comió y la sangre bendita que bebió cuando el rey Melquisedec
les sirvió a él y a sus hombres sobre su mesa santa de la cena del
SEÑOR, en las afueras de Salem, para perdón eterno. Por ello, sin la
carne santa y la sangre reparadora del Rey Mesías o el Rey de Salem,
Melquisedec, entonces nuestro Padre celestial no podía empezar ninguna
obra santa en toda la tierra, ya sea con Abram (o Abraham) o con
ningún otro hombre, mujer, niño o niña de todas las naciones del mundo
entero.
Entonces fue el beber de la copa de la sangre santísima y reparadora
de nuestro Señor Jesucristo, lo que se bebió en el principio con
Abram, y así también lo es cada día de nuestras vidas en la tierra,
para librarnos de nuestros pecados y de los males terribles que trae a
nuestras vidas cada malvado de Satanás, por ejemplo. Por lo tanto, fue
por la sangre que Abram vertió sobre su holocausto inicialmente en el
monte Moriah por sus pecados y el pecado original de Adán y Eva, para
que sus generaciones venideras también sean bendecidas por la misma
sangre santísima del pacto eterno, el Hijo de David, nuestro Salvador
Jesucristo, es lo que siempre contemplan admirados los querubines del
cielo.
Y, sucesivamente, sin ésta sangre santísima del pacto entre Abraham,
Isaac y Jacobo, entonces nuestro Padre celestial jamás hubiese
permitido que su Hijo Jesucristo viviese en cautiverio por
cuatrocientos treinta años con los hebreos en Egipto, sino que la
historia fuera diferente hoy en día y para siempre. Empero, fue la
sangre del pacto santo y eterno entre nuestro Padre celestial y Abram
lo que mantuvo vivo a todo Israel en el cautiverio egipcio, para
posteriormente levantarse al monte Sinaí como el árbol de la vida en
llamas, en el día señalado del SEÑOR, para empezar con Moisés la
liberación de Israel de su cautiverio egipcio.
Y así también fue inicialmente, con esta misma sangre del pacto eterno
entre nuestro Padre celestial y Abram, ministrada por el Rey
Melquisedec de Salem sobre la mesa del pan de vida y de la copa de
vino, lo que le abrió las puertas del cautiverio egipcio y su mar Rojo
a Israel, para que escapase a la tierra prometida. Ahora, cuando
Israel cruzó el mar Rojo, entonces nuestro Padre celestial los bautizó
grandemente en la misma sangre bendita y abundante de su Hijo amado,
nuestro Señor Jesucristo, para que sus pecados, no solamente de ellos
sino también de las futuras generaciones venideras de naciones, sean
limpiados y así también de todo mal del enemigo y de su muerte
infernal.
En otras palabras, nuestro Padre celestial les había dado a todo
Israel, por medio de la obediencia y la fe de Moisés, al Rey Mesías de
sus almas vivientes, quien no solamente con su sangre santa sobre los
marcos de sus puertas los había liberado de la muerte segura, sino que
también los había liberado de Egipto eternamente y para siempre.
Porque es la sangre bendita de nuestro Señor Jesucristo la que no
solamente perdona los pecados sino que también repara la vida del
cuerpo, alma y espíritu humano de cada hombre, mujer, niño y niña de
Israel y de la humanidad entera, por ejemplo, para que ya no sufran y
mueran más, sino que vivan infinitamente gozosos en el cielo.
Por ello, ésta tienda de reunión levantada en las afueras del
campamento israelí (o de la misma Jerusalén de Dios), caminando por el
desierto Egipto hacia la tierra prometida, en sí, era su mismo Hijo
amado, en cuerpo, alma, sangre y Espíritu Santo para todo Israel y
para las multitudes de naciones en toda la tierra. Visto que, todos
los elementos que constituyeron para el levantamiento o formación del
tabernáculo, en sí, eran elementos que salieron de la misma tierra,
como los árboles y sus frutos: palos, telas y hasta metales y demás,
para que sea el abrigo exacto y fuerte del lugar santísimo de nuestro
Padre celestial y de su Hijo Jesucristo en todo Israel.
Así pues, también el cuerpo del hombre salió del polvo de la tierra,
cuando nuestro Padre celestial con un puñado de lodo en sus manos
santas, entonces comenzó a formar a cada hombre, mujer, niño y niña en
su imagen y conforme a su semejanza celestial, comenzando con Adán y
Eva, por ejemplo. Es más, hasta podemos decir también que cuando
nuestro Padre celestial formaba a todo Israel, como el del ayer y de
siempre, entonces los formó a cada uno de ellos, sea hombre o mujer,
en la imagen y conforme a la semejanza de su Rey Jesucristo, el Hijo
de Dios, ¡el único Gran Rey Mesías posible infinitamente para Israel y
las naciones! (Por esta razón, Satanás los odia grandemente y hasta
aún más allá de la muerte también, porque salieron inicialmente de la
imagen y conforme a la semejanza del Hijo de David, nuestro Señor
Jesucristo, ¡el Santo de Israel para la eternidad!)
Y, hoy, éste ser santísimo, como de él mismo, como su Hijo amado, por
ejemplo, es el Hijo de David, para que entonces todos ellos vivan
junto a él eternamente fieles a su nombre muy santo, en la tierra y
así también en La Nueva Jerusalén santa y gloriosa del cielo, en donde
cada palabra es fiel y verdadera para siempre. Oportunamente, todos
hemos sido formados del polvo de la tierra, para llevar en cada uno de
nosotros la imagen, la semejan y la gloria infinita de nuestro Padre
celestial y de su Hijo Jesucristo, por los poderes sobrenaturales de
su Espíritu Santo y su fe inagotable, para vivir nuestras vidas en la
tierra y así también en La Nueva Jerusalén celestial.
Porque la verdad es que nuestro Señor Jesucristo descendió de nuestro
Padre celestial, para entrar en el vientre virgen de la hija de David,
y ella salió de la tierra, para que después de nueve meses darnos la
carne santa, los huesos inquebrantables, la sangre reparadora, y el
espíritu humano del hombre totalmente limpio, santificado y
enriquecido en su Espíritu Santo. Por eso, somos nosotros tan propios
o frutos de la tierra en las manos de nuestro Padre celestial así como
lo es por siempre, en la tierra y en el cielo, la tienda de reunión
con sus elementos terrenales y celestiales que la formaban
misteriosamente en la presencia y en el símbolo santísimo de nuestro
Señor Jesucristo y su sangre reparadora/santificadora.
Por esta razón, cuando Israel le pedía a nuestro Padre celestial que
les diera un rey así como los reyes que tenían las naciones, entonces
no les negó nunca su Rey Mesías, sino que se los dio inmediatamente en
la formación santa y correcta, como la del reino angelical, con sus
propias cosas por dentro, santas y gloriosas infinitamente, ¡nuestro
Salvador Jesucristo! Es decir, también que nuestro Señor Jesucristo
aunque era el Hijo de Dios, por tanto, sumamente santo y libre de todo
pecado y maldad, su carne bendita, su sangre santísima y reparadora,
con sus huesos inquebrantables, pues, también estaban hechos de los
mismos elementos de toda la tierra, es decir, como el de Adán y Eva
inicialmente, sin duda alguna.
Y te digo todo esto, para decirte que los mismos elementos que
compusieron la formación de la tienda de reunión, en sí, son los
mismos elementos inicialmente que formaron a cada hombre, mujer, niño
y niña de toda la tierra, incluyendo el mismo cuerpo santo y glorioso
de nuestro Señor y Salvador Jesucristo, pero sin pecado para todos
nosotros. Porque nuestro Señor Jesucristo no salió jamás de la tierra,
como Adán, por ejemplo, sino que descendió del cielo de nuestro mismo
Padre celestial, en donde siempre ha habitado a través de las edades,
como Rey Mesías, como el Hijo de Dios, como el Cordero santo, como el
sumo sacerdote, como el templo de Dios y de sus ángeles fieles.
Por lo tanto, cuando Dios le ordenó a Moisés levantar la tienda de
reunión en las afueras del campamento israelí (o la Jerusalén antigua
del desierto), en verdad, le estaba dando a Moisés y a la humanidad
entera: el verdadero cuerpo, los huesos inquebrantables, la sangre
santísima de su Hijo amado, para que sea su único Rey Jesucristo para
siempre. Para que sólo su Hijo amado, como el Hijo de David, sea por
siempre para Israel y las naciones su Cordero principal y su Rey
Mesías, el sumo sacerdote para muchas generaciones venideras en la
eternidad celestial, para fin del pecado y el comienzo de una nueva
vida, llena de paz, gozo, felicidad, prosperidad espiritual y
material, para siempre.
Y como éste Rey Mesías, el Hijo de David, nuestro Padre celestial no
conoce otro igual en el cielo, en la antigüedad de toda la tierra, ni
mucho menos en la nueva vida infinita de La Nueva Jerusalén santa y
gloriosa del más allá, por lo tanto, sólo Jesucristo es el Salvador
inicial de Israel y de la humanidad entera. Es decir, también que
Israel siempre tuvo el cuerpo, los huesos inquebrantables, la sangre
santísima y el Espíritu salvador de su Gran Rey Mesías con el
tabernáculo, para que sea para cada uno de ellos, en Israel y
alrededor del mundo entero, su Cordero principal con su sangre
reparadora y su sumo sacerdote para interceder por ellos cada día en
el cielo.
De ello, fue la oración de nuestro Señor Jesucristo por Abram y
delante de nuestro Padre celestial, lo que no solamente empezó una
relación santa con su Dios y Fundador de su vida sino también la de
sus hijos e hijas, la cual no solamente seria Israel sino multitudes
de naciones a través de las edades, y todo para bendición eterna.
Además, en éste lugar santísimo de la tienda de reunión, Moisés se
encontraba con Jesucristo cada vez que tenía que hablar con él sobre
cualquier asunto de importancia o que era muy difícil de resolver en
el pueblo; es decir, que Moisés veía cara a cara al Rey Jesucristo,
como su Cordero santo y su sumo sacerdote de cada día.
Podemos decir también que Moisés cada vez que entraba en la tienda de
reunión, entonces estaba entrando al pie de la letra en el cuerpo
santo de nuestro Señor Jesucristo, para dialogar con nuestro Padre
celestial, de las cosas que Dios mismo deseaba hacer en Israel, o que
los israelíes necesitan hacer por ellos mismos, por ejemplo. Pues,
ésta tienda de reunión de Moisés y de todo Israel, en sí, era un
templo de oración y de fe evangélica todopoderosa, porque desde ahí,
desde el lugar santísimo, nuestro Señor Jesucristo no solamente
hablaba por nuestro Padre celestial a Moisés y a todo Israel, sino que
también se predicaba su palabra para bendición, como cualquier profeta
evangelista moderno, por ejemplo.
Es decir, también que la tienda de reunión, desde las afueras del
campamento israelí, se predicaba cada día palabra por palabra el
evangelio eterno de reconciliación, el cual los mismo querubines
deseaban predicar también no sólo a todo Israel sino a las naciones
del mundo entero, pero la predicación de éste evangelio sagrado es
sólo para el hombre, por ahora. Porque nuestro Padre celestial tiene
un tiempo corto para ellos, en el cual cada ángel, arcángel, serafín y
demás seres muy santos y gloriosos de nuestro Padre celestial como los
querubines, por ejemplo, predicaran a voz en cuello y asombrados de
las glorias infinitas de la sangre bendita que habita por los siglos
de los siglos, dentro del arca del pacto eterno.
Entonces el único cristiano que podía entrar al lugar santísimo de la
tienda de reunión era Moisés, porque Moisés había tenido un encuentro
personal con nuestro Señor Jesucristo sobre todo lo alto del Sinaí y
le había creído a su palabra santa y a su mensaje de amor y de
salvación para con todo Israel, de parte de nuestro Padre celestial.
Por lo tanto, Moisés fue el único cristiano-hebreo, creyente de la
salvación personal de nuestro Señor Jesucristo y de su sangre
santísima y reparadora, por lo cual podía entrar en cualquier momento
al lugar santísimo del santuario, para dialogar con Dios de todas las
cosas que concernían con la protección, bendición, salud, felicidad y
salvación de todo Israel, por ejemplo.
Pero, todos los demás no podían acercarse, ni menos entrar al
santuario santísimo de la tienda de reunión, salvo el sumo sacerdote
levita y solamente una vez al año, para que no muriesen delante de la
presencia santa de nuestro Padre celestial. Entonces, en aquellos
tiempos, nuestro Señor Jesucristo descendía del cielo, de la misma
nube celestial, en donde se encontraba el trono de nuestro Padre
celestial y el tabernáculo original para hablar con Moisés únicamente
y cara a cara con él, como uno de sus mismos ángeles fieles del cielo
o como su mejor amigo fiel en toda la tierra, por ejemplo.
Entonces la tienda de reunión era el verdadero símbolo vivo de la vida
y venida del Gran Rey Mesías a Israel y al mundo entero también, para
redimir de sus males y enfermedades a todo Israel y a las naciones,
para que sólo reine la luz con su vida, llena de salud, paz,
felicidad, prosperidad y bendiciones sin fin, por doquier. Y sólo así
nuestro Padre celestial podía hacer muchas cosas por Israel, para que
no solamente no les falte nunca ningún bien en el desierto hostil de
Egipto, sino para librarlos constantemente de las fieras y de las
naciones enemigas más poderosas que ellos, las cuales buscaban como
matarlos para acabar con ellos para siempre y cuanto antes mejor para
Satanás.
En aquellos tiempos, nuestro Padre celestial no solamente libró a
Israel de todas las naciones enemigas y de sus ejércitos malvados con
los milagros y maravillas gloriosas del nombre y de la sangre
santísima de su Hijo Jesucristo, sino que también les regalaba señales
celestiales continuamente a todos ellos, para que se mantengan siempre
fieles a él y a su Jesucristo. Por eso, era necesario que nuestro
Señor Jesucristo descendiese cada vez posible a la tienda de reunión
para reunirse con Moisés, porque no solamente Moisés necesitaba la
oración sino también cada hebreo, cada hebrea y cada extranjero igual,
para que por siempre estén cada día delante de nuestro Hacedor y así
ser bendecidos con su favor eterno progresivamente.
En la medida en que, sin la oración tradicional de nuestro Señor
Jesucristo delante de nuestro Padre celestial y de su Espíritu Santo,
entonces la tienda de reunión no se levantaba jamás para seguir
adelante o a ningún lugar de todo el desierto Egipto con Moisés y con
todo el pueblo de Israel, por ejemplo. Mejor dicho, eran las oraciones
usuales de nuestro Señor Jesucristo que hacía con Moisés en el lugar
santísimo, lo que no solamente solucionaba los problemas de sus vidas
y así también del pueblo hebreo, sino que los llevaba por el camino
del bien por el desierto hostil para que ninguna nación enemiga se
enseñoree de ellos jamás, para hacerles daño alguno.
Es más, nuestro Señor Jesucristo descendía al lugar santísimo del
tabernáculo para orar con Moisés primeramente, para que la ira de
nuestro Padre celestial se aplaque de una manera u otra o lo más
pronto posible, para que entonces autorice soberanamente a que Israel
entre a Canaán, olvidando así el pecado terrible del becerro fundido
en oro al pie del Sinaí. Pero nuestro Padre celestial seguía tan
enojado con todo Israel, por el becerro fundido en oro al pie del
Sinaí, que no quería perdonarlos aún por éste pecado malvado, el cual
siempre está en su presencia santa hasta el día de hoy, pero las
oraciones de Jesucristo y su siervo Moisés seguían pidiendo
misericordia para Israel para entrar ya a Canaán.
Por ello, nuestro Señor Jesucristo jamás dejó de orar por todo Israel
con la ayuda de las oraciones de Moisés, porque si dejaba de orar por
ellos por todo el camino del desierto, entonces no solamente ellos
hubiesen muerto por sus pecados sino también sus hijos y así la tierra
prometida jamás hubiese sido conquistada por Israel. Pero gracias a
las oraciones fieles de nuestro Señor Jesucristo y su sangre
reparadora, sobre el altar de cada día de nuestro Padre celestial,
entonces sólo los hijos israelíes entraron a la tierra prometida para
poseerla como sucede hoy en día, por ejemplo; de otra manera, sin las
oraciones fieles de Jesucristo en la tienda de reunión no, nunca nada
de nada.
Es decir, también que la construcción de la tienda de reunión, como la
que Moisés vio en el cielo, no solamente era el cuerpo santo, la
sangre salvadora, el espíritu humano y limpio de nuestro Señor
Jesucristo, sino que también es infinitamente el lugar de oración de
cada hombre, mujer, niño y niña de las familias de las doce tribus
israelíes. Por ende, todas sus oraciones, ruegos, peticiones eran
contestadas sólo en el lugar santísimo del tabernáculo por nuestro
Padre celestial, gracias a las oraciones e intercesiones de nuestro
Señor Jesucristo y de su siervo Moisés, cada vez que nuestro Señor
Jesucristo se presentaba ante el Padre celestial como su sumo
sacerdote y como su único Cordero de la sangre reparadora/
santificadora.
Entonces podemos decir también que la tienda de reunión no solamente
era la carne santa, los huesos inquebrantables, el espíritu humano y
santo de nuestro Rey Jesucristo, sino que también el lugar más santo y
más cerca posible a la verdadera sangre santa y redentora del pacto
eterno entre Dios y el hombre de toda la tierra, para reconciliación
eterna. Y esto era algo que los querubines fundidos en oro puro
mirando pasmosamente sobre el arca del pacto santo entre nuestro Padre
celestial y Abraham, Isaac y Jacobo, veían en sí el pan de vida y la
sangre santísima y salvadora de su Gran Rey Jesucristo; algo
maravilloso esto era lo que los querubines fundidos en oro anunciaban
constantemente y cada día.
Por lo tanto, la tienda de reunión era el templo de Dios en la tierra,
y nuestro Señor Jesucristo no solamente era su sumo sacerdote sino
también el Cordero salvador con la sangre santísima y reparadora, para
quitar el pecado y salvar el alma viviente de cada uno de sus
creyentes, comenzando con Moisés, por ejemplo, y el resto de Israel.
Entonces esto era la gloria de Israel, la cual no solamente la ayudó a
sobrevivir por más de cuatrocientos años del cautiverio egipcio, sino
que también le ayudó a escapar su exterminio a nuevas tierras
escogidas por Dios mismo, para el nacimiento de su Hijo amado y su
pronto sacrificio supremo, el cual quitaría el pecado del mundo eterno
perpetuamente.
Porque para esto nuestro Padre celestial los mantuvo siempre vivos en
su cautividad egipcia, sin que ninguno de ellos se muera ni se pierda
infinitamente como cualquier pecador en el infierno: porque el Rey de
sus vidas eternas fue siempre Jesucristo, empezando con Abram y sus
hombres en las afueras de Salem, para empezar un pacto eterno, el cual
jamás moriría. Entonces en Egipto, nuestro Señor Jesucristo entró
primero con los hermanos de José, como el sumo sacerdote de Abraham,
ya que él mismo le había dado de comer y de beber de su pan y de su
vino de la mesa del SEÑOR, en las afueras de Salem, para que entre
eternamente en un pacto sin fin de sangre redentora con su Dios.
Y una vez que Abram comió y bebió de la cena del SEÑOR, entonces el
Rey Melquisedec jamás lo abandonó, porque entró en su cuerpo santo, en
sus huesos inquebrantables y en su sangre del pacto eterno para salud,
protección, paz y salvación eterna de su alma viviente, en la tierra y
en el cielo, y todo para la eternidad venidera. Por esta razón, el Rey
Melquisedec o el Rey Jesucristo no se alejo jamás de los hijos de
Abraham, Isaac y Jacobo sino que permaneció fiel a ellos, como su sumo
sacerdote y el Cordero del pan y de la bebida de la mesa del SEÑOR,
para que jamás les falte ninguna de las bendiciones de nuestro Padre
celestial.
Es decir, también que el Rey Jesucristo siempre fue el templo de Dios
no solamente de Abraham sino también de cada uno de sus hijos,
empezando con Isaac, Jacobo y con cada uno de sus demás descendientes,
en sus millares, en todo Israel y las multitudes de naciones por el
mundo entero, por ejemplo. Por ello, con nuestro Señor Jesucristo ya
viviendo siempre con Abraham, por el pan de vida y el pacto eterno de
la sangre bendita y reparadora, de las cuales participó fielmente de
la mesa del SEÑOR en su día, entonces el evangelio eterno llegó
primero no sólo a Egipto sino también a todo Israel, para quedarse
eternamente y para siempre con ellos.
Además, todo esto sucedió en Egipto inicialmente para gloria eterna de
nuestro Padre celestial, por medio de José y sus once hermanos con sus
padres que entraron a la tierra de Gosén para vivir con él, porque la
tierra estaba sufriendo hambre y sed: y esto era, en sí, hambre y sed
del pan y vino de Jesucristo, por doquier. Como quien dice, por
ejemplo, ya basta de comer y beber del fruto de la tierra, ahora a
llegado el tiempo de comer y beber de la cena del SEÑOR, y esto es
literalmente de comer del pan del cielo y de beber de la copa de vino
de la sangre bendita, del arca del pacto eterno entre Dios y Abraham.
Entonces, en aquellos tiempos, nuestro Padre celestial deseaba darles
de comer y beber a las naciones, así como le había dado de comer del
pan divino y de beber de la copa de vino del pacto eterno, de la
sangre santísima y reparadora a Abram y sus hombres, para que vivan
junto a él, pero llenos de su Jesucristo cada día. Es decir, que
nuestro Padre celestial hizo que el hambre y la sed reinaran en las
naciones, como en el infierno, empezando en Egipto, por ejemplo, para
hacer que las demás naciones de la tierra entonces se acerquen más a
él y a su Hijo Jesucristo, para ser servidos por su Hijo salvador y su
cena sagrada, sin duda alguna.
Y esto fue realmente para que se den cuenta de que tenían que comer y
beber no sólo del fruto de la tierra como siempre, sino la del cielo
también, su Hijo salvador, como el pan del fruto de la vida, y por eso
Dios introdujo a José con su familia en Egipto inicialmente, para
servir su mesa nuevamente a todos. En verdad, sólo nuestro Padre
celestial, por medio de su Rey Jesucristo, podía darles de comer de su
pan del cielo y de su copa de vida eterna, de la sangre santísima y
reparadora del corazón, alma, cuerpo y espíritu humano de los
egipcios, de los hebreos y demás naciones de toda la tierra.
Además, nuestro Padre celestial deseaba hacer todo esto por ellos, así
como lo había hecho con Abram inicialmente en las afueras de Salem con
su Jesucristo como rey, porque los amaba grandemente como jamás amo
tanto así a nadie en el cielo ni en la tierra; es decir, que nuestro
Dios ama al hombre como se ama a sí mismo grandemente. Por lo tanto,
la comida y bebida que le había dado inicialmente a Abram y sus
hombres de guerra estaba aún vigentes en sus hijos e hijas, los cuales
vivían por cientos de años sin jamás ninguno de ellos morir, excepto
los egipcios: Es decir, que los hebreos vivían, pero los egipcios
morían siempre como todos los demás mortales en la tierra.
Es decir, también que el templo de nuestro Padre celestial, el cual es
sólo nuestro Gran Rey Jesucristo, estuvo con los hebreos en Egipto
primeramente, no solamente bendiciendo grandemente a Israel sino
también a todo Egipto: por ello, Egipto era una nación grande y
poderosa, y como Egipto no había otra nación igual en gloria y en
poder en toda la tierra. Porque sin el templo del SEÑOR, nuestro Rey
Jesucristo, ya sea en las afueras de Salem con Abram y sus ciento
dieciocho hombres o viviendo ya en Israel cautivo en Egipto, entonces
nuestro Padre celestial jamás podía hacer nada por ellos, grande o
pequeño, como perdonarlos, sanarlos, bendecirlos y sobre todo
redimirlos de la muerte cruel de sus enemigos, por ejemplo.
Pero con su templo santo entre ellos, nuestro Señor Jesucristo orando
constantemente, como el Rey Melquisedec, entonces nuestro Padre
celestial podía hacer todo lo que bien le parecía para sus hijos e
hijas para generaciones futuras, porque la vida de la sangre bendita
del pacto eterno se mantendría firme entre ellos para protegerlos y
derramar de sus diarias bendiciones sin fin. Y la obra antigua e
interminable del templo de nuestro Padre celestial, nuestro Señor
Jesucristo, ya sea como el Rey Melquisedec para Abraham, Isaac y
Jacobo, o para sus descendientes como el sumo sacerdote o como el
Cordero principal, en sí, era orar e interceder fielmente delante de
Dios cada día con su sangre santificadora, y así salvarlos siempre del
mal eterno.
Porque eran las oraciones fieles de nuestro Señor Jesucristo con su
sangre santísima delante de nuestro Padre celestial, las que no
solamente liberaron de sus pecados a Abraham, Isaac y Jacobo, sino
también a sus descendientes de las tribus hebreas viviendo en el
cautiverio egipcio; por inicio, sin las oraciones usuales del Rey
Jesucristo y su sangre amparadora, entonces Israel vive muerto. Por lo
tanto, era indispensable para nuestro Padre celestial, ahora que
Moisés lo había visto cara a cara sobre el Sinaí y aceptado en su
corazón como su sumo sacerdote y Cordero redentor, para liberarlo de
la cautividad egipcia, entonces instalarlo eternamente en Israel mismo
como su templo de sangre santificadora, oración y fe, para Israel y
para las naciones venideras.
Y es así como nuestro Padre celestial empezó a interactuar con Israel
inicialmente, por medio de su tienda de reunión, vista por Moisés
primeramente, la cual fue construida de acuerdo a la original en el
cielo, para que Israel y así también las naciones tengan un templo con
su nombre santísimo y su sangre renovadora de sus vidas en toda la
tierra. Esto era algo que nuestro Padre celestial deseaba hacer, desde
el momento que el Rey Melquisedec se encontró con Abram y sus hombres
en las afueras de Salem, para darles de comer de su carne santa y de
su sangre viviente sobre la mesa santa del SEÑOR, pero no lo hizo así
en aquellos tiempos porque no era el día aún.
Y, además, porque simplemente Israel no había salido de Abraham, Isaac
y Jacobo todavía, para que la hija de David nazca primero en su tierra
escogida, tal cual como se lo había prometido a Abraham que seria
padre de muchas naciones para generaciones futuras, en la tierra y en
la eternidad celestial del nuevo reino angelical, por ejemplo. A pesar
de todo, nuestro Padre celestial pudo empezar con Abram a instalar a
su Rey Jesucristo en Israel, primero como el Rey Melquisedec de Salem
que le dio de comer y de beber a él y a sus hombres, y luego siguió
siendo a cada hora sumo sacerdote y salvador de Isaac, Jacobo y de
todos los demás para la eternidad.
Para por fin él mismo, como el Hijo de Dios, vivir personalmente cada
día como el Rey Melquisedec o como el sumo sacerdote y Cordero de la
liberación eterna de Israel del cautiverio egipcio y del mundo entero,
para que no sean exterminados por los males terribles de aquellos días
y de siempre, de Satanás y de sus ángeles caídos, por ejemplo. Es
decir, que nuestro Padre celestial envió a nuestro Señor Jesucristo al
mundo como el Rey Melquisedec primeramente, para que sea su sumo
sacerdote por inicio, y su Cordero especial de purificación y
salvación, para que el hombre pueda alcanzar vida, paz, salud,
santidad, perfección, prosperidad y crecimiento espiritual de justicia
y verdad, en la tierra y el paraíso, para siempre.
Y sólo así, por medio del ministerio de nuestro Señor Jesucristo como
el Rey Melquisedec, sumo sacerdote, Cordero Salvador y eterno de todos
los hombres, mujeres, niños y niñas de la humanidad entera, empezando
con Israel, entonces nuestro Padre celestial podía ser Dios de ellos
perpetuamente; de otra manera, no, con Israel ni con ninguna otra
nación, para siempre. Porque nuestro Padre celestial no puede ser
jamás Dios de malos, malvados e injustos incrédulos de los hombres de
toda la tierra, incrédulos y mentirosos a su Hijo amado y sus millares
de familias fieles a su nombre santísimo y salvador de todas las
naciones del mundo entero, ¡nuestro Señor Jesucristo!
Por esta razón, nuestro Padre celestial le habla inicialmente al
corazón del hombre, diciéndole: Puedes comer y beber de todos los
árboles del paraíso y de la tierra, incluyendo el fruto del árbol de
la vida, nuestro Señor Jesucristo; pero no podrás comer del fruto
prohibido del árbol de la ciencia del bien y del mal, para que no
mueras nunca. Y, desde entonces acá, el hombre, la mujer, el niño y la
niña comen y beben cada día que se sientan a la mesa de sus hogares de
la cena del SEÑOR, Jesucristo, para escapar cada día los males
escondidos del pecado y la maldad de Satanás y así también del ángel
de la muerte y del fuego eterno del infierno, por ejemplo.
Y esto es de comer de la carne santa y de beber de la sangre bendita
del Hijo de Dios, Jesucristo, como Abram lo hizo inicialmente: porque
sólo él nos puede dar de comer de su carne sagrada para reparar
nuestra carne muerta y beber de su sangre bendita para calmar nuestra
sed cada día y para siempre, en la eternidad celestial. Es decir,
también que sólo nuestro Señor Jesucristo, ya sea como nuestro sumo
sacerdote, salvador, o Cordero de Dios, nos puede dar de beber de su
sangre santa y salvadora cada día para librarnos de las enfermedades y
así por fin salvarnos de muertes terribles, en la tierra y en el
infierno, para gloria y honra infinita de nuestro Padre celestial.
Constitucionalmente, esto era precisamente la tienda de reunión de
nuestro Padre celestial en las afueras del campamento israelí, nuestro
Señor Jesucristo, como el templo de su nombre muy santo y de su
palabra viviente con sus promesas eternas de vida, salud y de
salvación sin fin, en la tierra y en el cielo, para siempre. Además,
ésta tienda de nuestro Padre celestial, la cual era la misma presencia
santa de su Hijo Jesucristo estuvo con Israel todo el tiempo de su
transito por el desierto egipcio y hasta que entró a la tierra
prometida, para que nazca entre ellos y del vientre virgen de la hija
de David, su salvador David, ¡o el mismo tabernáculo eterno!
Es decir, también que la tienda de reunión con sus utensilios
sagrados, como el arca que contenía el maná, las tablas de los Diez
Mandamientos y la vara de Aarón, se mantuvo ministrando a Israel como
el Rey Mesías, y sólo hasta la manifestación corporal de Jesucristo
como el enviado de Dios para salvar a Israel y a la humanidad entera
de Satanás. Por esta razón, nuestro Padre celestial no solamente
escondió la tienda de reunión sino también sus utensilios sagrados,
para que el hombre ya no las use en vez de su Hijo Jesucristo para
hablar con él, sino que ahora podían tener a su Jesucristo presente
siempre en sus vidas y a cada hora, para siempre.
Y esto es de tener a su Hijo Jesucristo vivo y siempre presente en
ellos y entre ellos cada día de sus vidas con su carne santa, con sus
huesos inquebrantables y con su sangre santísima y reparadora, llena
del Espíritu Santo de Los Diez Mandamientos cumplidos e infinitamente
glorificados, en la tierra y el cielo, para hablar con él siempre.
Pero aunque todo esto es verdad, porque nadie jamás logró encontrar la
tienda de reunión con sus utensilios sagrados, en su día nuestro Padre
celestial los volverá a regresar a Israel, no para que lo tengan como
su Hijo Jesucristo como en el principio para hablar con él, sino para
que lo honren/celebren por siempre con sus fiestas del tabernáculo,
por ejemplo.
Dicho de otro modo, nuestro Padre celestial tiene un día destinado
para esta gran obra, de devolverle a Israel toda la tienda de reunión
intacta, tal cual como siempre fue en el pasado con sus glorias
eternas, en las afueras del campamento israelí, para servicio a su
nombre muy santo, como el Gran Rey Mesías de todo Israel y las
naciones. Y nuestro Padre celestial les devolverá la tienda de reunión
con todos sus utensilios sagrados, porque no solamente es herencia
eterna de los primeros hebreos a ellos, sino porque entonces ya habrán
reconocido de todo corazón a su Hijo Jesucristo, como su Rey Mesías,
en la tierra y así también para la nueva vida infinita de La Nueva
Jerusalén santa del cielo.
Además, no sólo nuestro Padre celestial les devolverá su tienda de
reunión con todas sus cosas santas, sino también les devolverá a
Moisés para que le sigan sirviendo cada día de sus vidas no solamente
en la tierra como siempre, sino también en su gran Jerusalén
celestial, para no volver a pecar en contra de él ni de su Hijo
Jesucristo. Verdaderamente, nuestro Padre celestial les quito a Moisés
antes de poseer la tierra prometida, porque no quería que ellos
adorasen más a Moisés que a su Hijo Jesucristo y su gran holocausto
eterno, el cual se levantaría sobre la roca santa de Jerusalén,
clavado a los árboles de Adán y Eva junto con sus dos hermanos
testigos fieles a sus lados.
(Porque la verdad es que nuestro Padre celestial jamás iba a permitir
que su Hijo amado sufra tanto antes de morir, durante su crucifixión y
muerte, sin primero tener testigos fieles a sus dos lados, no
solamente que le sigan fielmente a cada hora en la tierra y sobre la
cima santa de Jerusalén, sino también en el más allá perpetuamente.
Visto que, está escrito en la Escritura de Moisés y de Israel: que
todo testimonio de dos o tres testigos, por inicio, es fiel,
verdadero, por tanto, valido en el cielo con nuestro Padre celestial y
sus ángeles fieles y así también en cada corte de justicia de todas
las naciones, para establecer la verdad y su justicia para siempre.)
Para que de esta manera se cumpla el deseo del corazón santísimo de
nuestro Padre celestial, por el cual los había sacado de Egipto
inicialmente para que le adoren y le sirvan por siempre alrededor de
su holocausto de sangre santa junto con sus dos hermanos testigos a
sus lados, para fin de su pecado y rebelión eterna en la eternidad.
Por esta razón, estos días, sí realmente deseas hablar con nuestro
Padre celestial, por cualquier situación que estés pasando tú o los
tuyos, entonces tienes que hacer como Moisés hizo en el comienzo de su
ministerio mesiánico y salvador por todo Israel, entrar en el arca del
pacto eterno de nuestro Padre celestial, su Jesucristo, para empezar
tus bendiciones eternas, desde ya.
Y esto es de entrar en el tabernáculo de nuestro Señor Jesucristo, el
cual es su cuerpo santo con sus utensilios sagrados del cumplimiento y
glorificación eterna del Espíritu Santo de Los Mandamientos y la vara
de Aarón en el cielo, para hablar con Dios de lo que desees hablar y
pedirle a él, para bien de tu vida y los tuyos. Porque una vez que
aceptas al Señor Jesucristo en tu corazón y confiesas su nombre muy
santo con tus labios, delante de nuestro Padre celestial, entonces
estás en su presencia santísima y celestial: porque sólo nuestro Señor
Jesucristo es el templo de Dios en el cielo y por toda la tierra, hoy
en día y para siempre, en la eternidad venidera.
Dicho de otro modo, nuestro Señor Jesucristo no solamente está en tu
corazón como tu Cordero especial de la sangre bendita y reparadora de
tu alma, cuerpo, vida y espíritu humano, sino que también es tu sumo
sacerdote, Cordero santo, Salvador y hermano fiel a cada hora delante
de nuestro Padre celestial, para abogar por ti cada día y por siempre.
Por eso, cuando invocas el nombre santo de nuestro Señor Jesucristo,
entonces no solamente nuestro Padre celestial te ve y te oye
inmediatamente, sino que estás dentro del Señor Jesucristo, como en su
lugar santísimo de la tienda de reunión como cuando Moisés entraba en
él, para hablar con nuestro Padre celestial concerniente a cualquier
problema, enfermedad o necesidad que tenia presente.
Es decir, también que cada vez que invocas al Señor Jesucristo,
entonces entras al lugar santísimo de la tienda de reunión del cielo,
así como Moisés entraba y salía de él cada día que tenia necesidad de
hacerlo así, para hablar con nuestro Padre celestial sobre cosas
difíciles de tratar para él y para todo Israel también, por ejemplo.
En otros términos, el mismo sistema de comunicación espiritual y
celestial que nuestro Padre celestial mantuvo con Israel, en el escape
del cautiverio Egipto y a través de su desierto hostil para entrar a
Canaán, nuestro Padre celestial lo sigue manteniendo aún con cada una
de las personas que cree en su corazón y confiesa con sus labios a su
Rey Jesucristo.
Es más, nada a cambiado aún, salvo que la tienda de reunión ni Moisés
están con nosotros en Israel sino en el cielo, porque el Rey
Jesucristo descendió del cielo para entrar en nuestras vidas y,
juntamente, nosotros mismos podemos entrar en su vida santa así como
Moisés entraba en su lugar santísimo las veces que tenia que hacerlo
así cada día. En verdad, nuestro Señor Jesucristo fue el templo de
Dios para Abraham, Isaac, Jacobo y así también de cada uno de sus
descendientes, en sus millares, de todas las tribus de Israel, para
perdón, para bendición, para salud, para protección y para salvación
infinita de sus almas eternas.
Así pues, es también, hoy en día, con cada uno de nosotros, él mismo,
y no otro, es el templo de Dios para su nombre santísimo, para su
Espíritu Santo del cumplimiento y glorificación infinita de Los Diez
Mandamientos y de la vara de Aarón, para dialogar con nosotros a cada
hora y sobre todo lo que necesitemos de él. Para nuestro Padre
celestial su Hijo amado sigue siendo no solamente el tabernáculo del
cielo para sus ángeles, arcángeles, serafines, querubines y demás
seres muy santos del reino angelical sino también para cada hombre,
mujer, niño y niña como en la antigüedad, no sólo para las doce tribus
israelíes sino también para las multitudes de naciones, para honra de
su nombre bendito. ¡Amén!
El amor (Espíritu Santo) de nuestro Padre celestial y de su Jesucristo
es contigo.
¡Cultura y paz para todos, hoy y siempre!
Dígale al Señor, nuestro Padre celestial, de todo corazón, en el
nombre del Señor Jesucristo: Nuestras almas te aman, Señor. Nuestras
almas te adoran, Padre nuestro. Nuestras almas te rinden gloria y
honra a tu nombre y obra santa y sobrenatural, en la tierra y en el
cielo, también, para siempre, Padre celestial, en el nombre de tu Hijo
amado, nuestro Señor Jesucristo.
LAS MALDICIONES BIBLICAS, para los que obran maldad día y noche,
(Deuteronomio 27: 15-26):
“‘¡Maldito el hombre que haga un ídolo tallado o una imagen de
fundición, obra de mano de tallador (lo cual es transgresión a la Ley
perfecta de nuestro Padre celestial), y la tenga en un lugar secreto!’
Y todo el pueblo dirá: ‘¡Amén!’
“‘¡Maldito el que le reste importancia a su padre o a su madre!’ Y
todo el pueblo dirá: ‘¡Amén!’
“‘¡Maldito el que cambie de lugar los limites de propiedad de su
prójimo!’ Y todo el pueblo dirá: ‘¡Amén!’
“‘¡Maldito el que desvié al ciego de su camino!’ Y todo el pueblo
dirá: ‘¡Amén!’
“‘¡Maldito el que falsee el derecho del extranjero, del huérfano y de
la viuda!’ Y todo el pueblo dirá: ‘¡Amén!’
“‘¡Maldito el que se acueste con la mujer de su padre, porque
descubre la desnudes de su padre!’ Y todo el pueblo dirá: ‘¡Amén!’
“‘¡Maldito el que tenga contacto sexual con cualquier animal!’ Y todo
el pueblo dirá: ‘¡Amén!’
“‘¡Maldito el que se acueste con su hermana, hija de su padre o hija
de su madre!’ Y todo el pueblo dirá: ‘¡Amén!’
“‘¡Maldito el que se acueste con su suegra!’ Y todo el pueblo dirá:
‘¡Amén!’
“‘¡Maldito el que a escondidas y a traición hiera de muerte a su
semejante, sin causa alguna!’ Y todo el pueblo dirá: ‘¡Amén!’
“‘¡Maldito el que acepte soborno para matar a un inocente, sin causa
alguna!’ Y todo el pueblo dirá: ‘¡Amén!’
“‘¡Maldito el que no cumpla las palabras de esta ley, poniéndolas por
obra en su diario vivir en la tierra!’ Y todo el pueblo dirá: ‘¡Amén!’
LOS ÍDOLOS SON UNA OFENSA / AFRENTA A LA LEY PERFECTA DE DIOS
Es por eso que los ídolos han sido desde siempre: un tropiezo a la
verdad y al poder de Dios en tu vida. Un tropiezo eterno, para que la
omnipotencia de Dios no obre en tu vida, de acuerdo a la voluntad
perfecta del Padre celestial y de su Espíritu Eterno. Pero todo esto
tiene un fin en tu vida, en ésta misma hora crucial de tu vida. Has de
pensar quizá que el fin de todos los males de los ídolos termine,
cuando llegues al fin de tus días. Pero esto no es verdad. Los ídolos
con sus espíritus inmundos te seguirán atormentando día y noche entre
las llamas ardientes del fuego del infierno, por haber desobedecido a
la Ley viviente de Dios. En verdad, el fin de todos estos males está
aquí contigo, en el día de hoy. Y éste es el Señor Jesucristo. Cree en
Él, en espíritu y en verdad. Usando siempre tu fe en Él, escaparas los
males, enfermedades y los tormentos eternos de la presencia terrible
de los ídolos y de sus huestes de espíritus infernales en tu vida y en
la vida de cada uno de los tuyos también, para la eternidad del nuevo
reino de Dios. Porque en el reino de Dios su Ley santa es de día en
día honrada y exaltada en gran manera, por todas las huestes de sus
ángeles santos. Y tú con los tuyos, mi estimado hermano, mi estimada
hermana, has sido creado para honrar y exaltar cada letra, cada
palabra, cada oración, cada tilde, cada categoría de bendición
terrenal y celestial, cada honor, cada dignidad, cada señorío, cada
majestad, cada poder, cada decoro, y cada vida humana y celestial con
todas de sus muchas y ricas bendiciones de la tierra, del día de hoy y
de la tierra santa del más allá, también, en el reino de Dios y de su
Hijo amado, ¡el Señor Jesucristo!, ¡El Todopoderoso de Israel y de las
naciones!
SÓLO ÉSTA LEY (SIN ROMPERLA) ES LA LEY VIVIENTE DE DIOS
Esta es la única ley santa de Dios y del Señor Jesucristo en tu
corazón, para bendecirte, para darte vida y vida en abundancia, en la
tierra y en el cielo para siempre. Y te ha venido diciendo así, desde
los días de la antigüedad, desde los lugares muy altos y santos del
reino de los cielos:
PRIMER MANDAMIENTO: “No tendrás otros dioses delante de mí”.
SEGUNO MANDAMIENTO: “No te harás imagen, ni ninguna semejanza de lo
que esté arriba en el cielo, ni abajo en la tierra, ni en las aguas
debajo de la tierra. No te inclinarás ante ellas ni les rendirás
culto, porque yo soy Jehová tu Dios, un Dios celoso que castigo la
maldad de los padres sobre los hijos, sobre la tercera y sobre la
cuarta generación de los que me aborrecen. Pero muestro misericordia
por mil generaciones a los que me aman y guardan mis mandamientos”.
TERCER MANDAMIENTO: “No tomarás en vano el nombre de Jehová tu Dios,
porque Él no dará por inocente al que tome su nombre en vano”.
CUARTO MANDAMIENTO: “Acuérdate del día del sábado para santificarlo.
Seis días trabajarás y harás toda tu obra, pero el séptimo día será
sábado para Jehová tu Dios. No harás en ese día obra alguna, ni tú, ni
tu hijo, ni tu hija, ni tu siervo, ni tu sierva, ni tu animal, ni el
forastero que está dentro de tus puertas. Porque en seis días Jehová
hizo los cielos, la tierra y el mar, y todo lo que hay en ellos, y
reposó en el séptimo día. Por eso Jehová bendijo el día del sábado y
lo santificó”.
QUINTO MANDAMIENTO: “Honra a tu padre y a tu madre, para que tus días
se prolonguen sobre la tierra que Jehová tu Dios te da”.
SEXTO MANDAMIENTO: “No cometerás homicidio”.
SEPTIMO MANDAMIENTO: “No cometerás adulterio”.
OCTAVO MANDAMIENTO: “No robarás”.
NOVENO MANDAMIENTO: “No darás falso testimonio en contra de tu
prójimo”.
DECIMO MANDAMIENTO: “No codiciarás la casa de tu prójimo; no
codiciarás la mujer de tu prójimo, ni su siervo, ni su sierva, ni su
buey, ni su asno, ni cosa alguna que sea de tu prójimo”.
Entrégale tu atención al Espíritu de Dios y déshazte de todos estos
males en tu hogar, en tu vida y en la vida de cada uno de los tuyos,
también. Hazlo así y sin más demora alguna, por amor a la Ley santa de
Dios, en la vida de cada uno de los tuyos. Porque ciertamente ellos
desean ser libres de sus ídolos y de sus imágenes de talla, aunque tú
no lo veas así, en ésta hora crucial para tu vida y la vida de los
tuyos, también. Y tú tienes el poder, para ayudarlos a ser libres de
todos estos males, de los cuales han llegado a ellos, desde los días
de la antigüedad, para seguir destruyendo sus vidas, en el día de hoy.
Y Dios no desea continuar viendo estos males en sus vidas, sino que
sólo Él desea ver vida y vida en abundancia, en cada nación y en cada
una de sus muchas familias, por toda la tierra.
Esto es muy importante: Oremos junto, en el nombre del Señor
Jesucristo. Vamos todos a orar juntos, por unos momentos. Y digamos
juntos la siguiente oración de Jesucristo delante de la presencia
santa del Padre celestial, nuestro Dios y salvador de todas nuestras
almas:
ORACIÓN DEL PERDÓN
Padre nuestro que estás en los cielos: santificada sea la memoria de
tu nombre que mora dentro de Jesucristo, tu hijo amado. Venga tu
reino, sea hecha tu voluntad, como en el cielo así también en la
tierra. El pan nuestro de cada día, dánoslo hoy. Perdónanos nuestras
deudas, como también nosotros perdonamos a nuestros deudores. Y no nos
metas en tentación, mas líbranos del mal. Porque tuyo es el reino, el
poder y la gloria por todos los siglos. Amén.
Porque sí perdonáis a los hombres sus ofensas, vuestro Padre celestial
también os perdonará a vosotros. Pero si no perdonáis a los hombres,
tampoco vuestro Padre os perdonará vuestras ofensas.
Por lo tanto, el Señor Jesús dijo, "Yo soy el CAMINO, y la VERDAD, y
la VIDA ETERNA; nadie PUEDE VENIR al PADRE SANTO, sino es POR MÍ”.
Juan 14:
NADIE MÁS TE PUEDE SALVAR.
¡CONFÍA EN JESÚS HOY!
MAÑANA QUIZAS SEA DEMASIADO TARDE.
YA MAÑANA ES DEMASIADO TARDE PARA MUCHOS, QUE NO LO SEA PARA TI Y LOS
TUYOS, EN EL DÍA DE HOY.
- Reconoce que eres PECADOR en necesidad, de ser SALVO de éste MUNDO y
su MUERTE.
Dispónte a dejar el pecado (arrepiéntete):
Cree que Jesucristo murió por ti, fue sepultado y resucito al tercer
día por el Poder Sagrado del Espíritu Santo y deja que entré en tu
vida y sea tu ÚNICO SALVADOR Y SEÑOR EN TU VIDA.
QUIZÁS TE PREGUNTES HOY: ¿QUE ORAR? O ¿CÓMO ORAR? O ¿QUÉ DECIRLE AL
SEÑOR SANTO EN ORACIÓN? -HAS LO SIGUIENTE, y di: Dios mío, soy un
pecador y necesito tu perdón. Creo que Jesucristo ha derramado su
SANGRE PRECIOSA y ha muerto por mi pecado. Estoy dispuesto a dejar mi
pecado. Invito a Cristo a venir a mi corazón y a mi vida, como mi
SALVADOR.
¿Aceptaste a Jesús, como tu Salvador? ¿Sí _____? O ¿No _____?
¿Fecha? ¿Sí ____? O ¿No _____?
Sí tu respuesta fue Sí, entonces esto es solo el principio de una
nueva maravillosa vida en Cristo. Ahora:
Lee la Biblia cada día para conocer mejor a Cristo. Habla con Dios,
orando todos los días en el nombre de JESÚS. Bautízate en AGUA y en El
ESPÍRITU SANTO DE DIOS, adora, reúnete y sirve con otros cristianos en
un Templo donde Cristo es predicado y la Biblia es la suprema
autoridad. Habla de Cristo a los demás.
Recibe ayuda para crecer como un nuevo cristiano. Lee libros
cristianos que los hermanos Pentecostés o pastores del evangelio de
Jesús te recomienden leer y te ayuden a entender más de Jesús y de su
palabra sagrada, la Biblia. Libros cristianos están disponibles en
gran cantidad en diferentes temas, en tu librería cristiana inmediata
a tu barrio, entonces visita a las librerías cristianas con
frecuencia, para ver que clase de libros están a tu disposición, para
que te ayuden a estudiar y entender las verdades de Dios.
Te doy las gracias por leer mí libro que he escrito para ti, para que
te goces en la verdad del Padre celestial y de su Hijo amado y así
comiences a crecer en Él, desde el día de hoy y para siempre.
El salmo 122, en la Santa Biblia, nos llama a pedir por la paz de
Jerusalén día a día y sin cesar, en nuestras oraciones. Porque ésta es
la tierra, desde donde Dios lanzo hacia todos los continentes de la
tierra: todas nuestras bendiciones y salvación eterna de nuestras
almas vivientes. Y nos dice Dios mismo, en su Espíritu Eterno: “Vivan
tranquilos los que te aman. Haya paz dentro de tus murallas y
tranquilidad en tus palacios, Jerusalén”. Por causa de mis hermanos y
de mis amigos, diré yo: “Haya paz en ti, siempre Jerusalén”. Por causa
de la casa de Jehová nuestro Dios, en el cielo y en la tierra:
imploraré por tu bien, por siempre.
El libro de los salmos 150, en la Santa Biblia, declara el Espíritu de
Dios a toda la humanidad, diciéndole y asegurándole: - Qué todo lo que
respira, alabe el nombre de Jehová de los Ejércitos, ¡el Todopoderoso!
Y esto es, de toda letra, de toda palabra, de todo instrumento y de
todo corazón, con su voz tiene que rendirle el hombre: gloria y loor
al nombre santo de Dios, en la tierra y en las alturas, como antes y
como siempre, para la eternidad.
http://www.supercadenacristiana.com/listen/player-wm.asp?playertype=w...
http://www.unored.com/streams/radiovisioncristiana.asx
http://radioalerta.com